HEBERT GATTO
El firme repudio social frente a la discriminación en todas sus manifestaciones constituye una de las imprescindibles formas de lucha contra ella. La otra, no menos importante, es procurar entenderla analizando sus causas.
Es probable que el mito del Uruguay hiper integrado, feliz y solidario, singular en un continente asolado por violencias telúricas, haya sido eso, un mito que edificamos para preservar un tiempo idílico. Un imaginario que nos permitió pensar que los orientales, sin distinciones, éramos los imbatibles leones de Maracaná. Los campeones de una democracia igualitaria encabezada por el «Negro jefe». Una impresión que se reforzaba en tanto la pobreza y la marginación resultaban parcialmente invisibles, ocultas tierra adentro, en recónditos «pueblos de ratas» y todos, desde jóvenes, túnica blanca y moña al cuello, nos reuníamos en las aulas varelianas, sin más distinciones que «los méritos y las virtudes». Un tiempo pasado, cuando los «turcos» mercachifles vivían en su barrio, los negros se atrincheraban en sus cuadras, los homosexuales no existían y los más desposeídos eran «pobres pero dignos».
Hoy todo es distinto. Una militante social, culta y progresista fue agredida e insultada soezmente por ser negra, en medio de un incidente baladí, al término de un baile. Algo que no hubiera ocurrido en nuestros ordenados tiempos mitológicos. Sencillamente casi no existían militantes sociales; menos negras y mujeres y estas últimas no concurrían a bailes interraciales. La vida de las dos colectividades, la mayoritaria y dominante y la(s) minoritaria(s) y sometida(s), transcurrían aisladas, minimizando sus contactos. Tal el precio de un orden articulado mediante un apartheid cultural de normas tácitas pero precisas, donde cada uno, en buenos términos, vivía en su continentado universo posesclavista. En la cultura que con dominancia caucásica y católica, presidió gran parte del siglo XX. Lo que no implicaba menor discriminación, ni menos pobreza. Sólo que era invisible. Actualmente los negros reciben promedialmente un 40% del ingreso de los blancos. Aun sin cifras concluyentes, es sabido que en el pasado la brecha era mayor. No asisten a la Universidad, pero mucho menos lo hacían en el pasado. Todo lo cual es sabido. Sólo que se lo olvida en los análisis de quienes, indignados por la «violencia estructural de la sociedad» actual, no discriminan entre lo bueno y lo malo de los tiempos que vivimos.
La democracia y la expansión y consolidación de los derechos humanos en afortunada explosión también son consecuencia de la modernidad. Con ella grupos e individuos han asumido su dignidad rechazando cualquier sumisión, aunque no siempre puedan efectivizar sus demandas. Pero el proceso tiene costos y sombras. Durante ese mismo lapso se otorgaron derechos pero no se cambió la percepción mayoritaria de la sociedad ni se la preparó para interactuar con nuevos sujetos sociales, culturales, religiosos, con diferentes orientaciones sexuales o colores de piel. Todos y todas, legítimamente demandantes.
En el último medio siglo se continuó educando, arriba y abajo, para un inexistente país de unanimidades. Por eso, si es imperativo reaccionar con indignación frente a la discriminación, más aún lo es reconsiderar los procesos de educación y culturización para el inevitable y bienvenido pluralismo, el de hoy y el de mañana.
La discriminación
24/Dic/2012
El País, Uruguay, Hebert Gatto